Published: 4 years ago

Mentiras para lograr sobrevivir

Por Natalia Laube

Ficha técnica: El Placard / Texto: Francis Veber/ Versión: Fernando Masllorens y Federico González del Pino/ Intérpretes:Diego Peretti, Alejandro Awada, Osvaldo Santoro, Valeria Lorca, Hernán Muñoa, Agustina Cerviño, Matías Straffe, Marcia Becher, Pablo Finamore/ Música: Diego Vila/ Escenografía y vestuario: Julieta Ascar/ Iluminación: Horacio Efrom/ Director asistente: Franco Battista/Producción ejecutiva: Sergio Albertoni/Dirección: Lía Jelín/ Duración: 90 minutos/ Sala:Teatro Lola Membrives, Corrientes 1280.
Nuestra opinión: buena

Screen Shot 2015-02-26 at 12.39.09 PMHasta dónde es capaz de llegar un hombre para no perder su trabajo? Esta es una de las tantas preguntas que dispara El placard , el film francés de Francis Veber devenido, ahora, en pieza teatral. Pinón, gris contador de una fábrica de caucho (Diego Peretti) se entera de que va a ser despedido por decisión del jefe de personal (Alejandro Awada). Cuando, afectado por la noticia, está a punto de tirarse por el balcón de su edificio, su vecino (Osvaldo Santoro) lo detiene, lo convence de no matarse y le propone un tratamiento de shock para evitar la pérdida de su empleo: hacer circular por la empresa una foto de corte erótico en la que se lo vea junto a otro hombre. En definitiva, fingir un involuntario destape gay. Para el vecino no se trata solamente de una ingenua aventura que le asegurará diversión por unos cuantos días: en el experimento social se juega también una suerte de redención personal. Su razonamiento de psicólogo laboral busca sacarle provecho a la forzada corrección política que flota en el aire de las grandes empresas: el presidente tratará de evitar a toda costa un incidente que pueda entenderse como gesto homofóbico o, lo que es peor, de corte timorato. Nada más execrable para la imagen de una empresa que, entre otras cosas, se sostiene a partir de la venta de preservativos.

Piñón duda pero acata, finalmente, el consejo. Y algo en su vida cambia a partir de entonces: después de la vergüenza inicial, el empleado invisible pasa a ser un tipo al que le pasan cosas, y en el camino que lo lleva a apropiarse de su vida descubre el placer de ser amado y odiado, de volver a existir para los demás.

En una transposición decidida a mantener la fidelidad en la narración respecto de la versión filmada, la monumental escenografía de tres pisos -y la disposición de los actores en ella- resultan funcionales para contar la historia sin renunciar a las locaciones que proponía la película: los personajes se mueven por los distintos ambientes recreados en la puesta (las oficinas, el despacho del presidente, el departamento de Piñón o el balcón de su vecino) y la historia se construye, así, con la cadencia de un montaje cinematográfico clásico.

Lo que esta obra -magníficamente sostenida desde la actuación por Peretti, Awada y Santoro- invita a averiguar es por qué el humor sobre la cuestión gay sigue siendo reductible al aspecto de la genitalidad en tantos y tan repetidos casos. Los chistes cimentados en el doble sentido fastidian menos por chabacanos que por repetitivos y restan fuerza a la comedia de enredos que, por sí misma y sin necesidad de acudir a albures, entretiene y hace reír.

Si la puesta de Lía Jelín acierta al trabajar la idea-guía de que “nada es lo que parece” -en El Placard la verdad termina por asomar a raíz de una mentira; ese, y no el destape homosexual, es el verdadero tema de la pieza – las bromas ramplonas la desvían de ese camino alegórico que en otras tantas escenas se construye con mucho ritmo y con mucha gracia.

 

 

Fuente: La Nación