Published: 8 years ago

Piel Escénica

La planta arquitectónica. Una lira. Una herradura de color, porque si no…, ¡qué solos están los celestes de Soldi allá arriba! Varias plantas-liras alineadas y (des)compuestas como un rasti en un extenso patrón continuo que se define, también, como una guarda custodiada por la ornamentación amarillo oro de galones, flecos, cordones . Algo bien contemporáneo. Y barroco. Así es el diseño con el que el Guillermo Kuitca y Julieta Ascar se presentaron al concurso para el nuevo telón del Teatro Colón. En verdad, una de las dos propuestas (Apolíneo y Dionisíaco) que el tándem postuló. La que vale. La que se anunció ganadora en diciembre de 2009, cuando esta historia que acaba de terminar apenas comenzaba.

“La sala como corazón. Allí sucede todo. Allí tiene lugar el hecho artístico. Allí la música, la danza, la ópera y toda la tradición del Colón tienen su espacio. En la sala, el espectador vibra. Descubre y redescubre. ¿Siente? La asociamos y vinculamos morfológicamente con una lira. Icono del arte musical por excelencia”, explicaban entonces el artista plástico y la escenógrafa.

Demoró 18 meses traducir (y concebir) en objeto textil ese estilo contemporáneo barroco que había convencido al jurado cuando sólo era una expresión digital. El desarrollo fue largo y complejo, a veces trabado, con dilaciones, más fluido después, pero a todas luces fascinante -no podría ser diferente tratándose de ese gigante de avatares y maravillas que es el Colón-. Durante ese lapso, unas treinta personas durmieron y despertaron escuchando el sonido de esas liras. En LNR fuimos cómplices del paso a paso.

 

LA PREVIA

“Yo necesito a alguien que, además de aportar conceptos e ideas creativas de diseño, pueda hacerse cargo de los aspectos técnicos que a mí me superan. A pesar de que a estas alturas estoy muy metido en el tema telón, soy una persona que tiende a ver las cosas un poco bidimensionalmente”, había dicho Kuitca a La Nacion tras la premiación.

Nada bidimensional, más bien todoterreno, resultó su par, Ascar, quien sin que le temblara el pulso firmó contrato con el Ente Autárquico Teatro Colón para ocuparse de la dirección del proceso de realización del telón. Con real obsesión, estuvo en cada detalle.

Digital, gráfico, textil. En una sola dirección el plan de trabajo encendió su marcha el verano de 2010 entre las paredes de un estudio sembrado de dibujos en Belgrano, con una investigación que llevaría cinco meses y un esquema de producción que tuvo sus volantazos. Había que presupuestar hasta el último tornillo, firmar contratos, seleccionar proveedores, evaluar materiales existentes y conseguir nuevos, realizar muestras, confeccionar tejidos, piezas de pasamanería y misceláneas, entre otras etapas previas al momento de componer sobre los dos paños de terciopelo la nueva identidad. Cada una de esas decisiones fueron clave para elaborar la piel escénica (ni lienzo ni cortina), tarea que comandó la coautora del diseño y madre de Dionisíaco antes que de Nina, la beba que ya desde la panza fue parte del asunto.

Escribe Ascar en la memoria descriptiva, suerte de diario íntimo del telón: “La primera decisión fue trabajar con industria argentina y mano de obra del teatro. El telón del siglo XXI, como lo llamaban en el concurso, tendrá identidad nacional y albergará el retorno al teatro de sus trabajadores… Será hecho por nosotros y para nosotros”.

Así es como el ADN se codificaba en un equipo de artes y oficios, integrado por dos hermanos pasamaneros de tradición, los Manolo; una empresa especializada en jacquards, Adesal; la modista María Carcagno, a cargo de las misceláneas, y diez tapiceros del Teatro Colón responsables de la confección del coloso de terciopelo. Acto tras acto, en el cast de la obra histórica que se dio detrás del telón, ellos fueron los protagonistas.

 

EL CASTING

Cuando el binomio Kuitca-Ascar emprendió por primera vez un proyecto semejante, para la ópera de Oslo, conocieron al ingeniero Pablo Lacalle, de Adesal, firma que lleva más de cincuenta años haciendo tapizados hogareños y para autos, en Burzaco. De manera que fue fácil para la escenógrafa resolver quiénes eran los mejores compañeros en la odisea de convertir en sustancia textil las plantas liras: fue directamente hacia esas máquinas, en busca del jacquard soñado. Exactamente lo contrario le sucedió a la hora de resolver la pasamanería. “Nunca había hecho cosas rococó. Y no tenía idea de quién hacía estos trabajos. Me recomendaron un taller superartesanal y fui a verlo. Cuando llegué tuve la sensación en el cuerpo de que ése era el lugar, lleno de luz, en el barrio de mi infancia, como un museo viviente.”

Manolo, de Rodríguez Hermanos, son sencillamente Claudio y Carlos, y trabajan en esa casa antigua de Villa del Parque que es tan fría en invierno. Lo hacen con los mismos telares que fabricó su padre, en los años 50, y con sistema medieval: sentados, pisando los palos de madera. Todas sus anécdotas parten de un cono de hilo, como los recuerdos de la infancia, cuando jugaban a la calesita en el urdidor para hacer madejas sin saber que en cada vuelta aprendían un oficio que engalana a unos pocos. Por eso su tarjeta comercial apunta aquello de exclusivos.

Claudio y Carlos encaran esta labor con una extraña emoción en la mirada y un gesto inequívoco de responsabilidad en el ceño. Alrededor de la mesa (cubierta de pruebas, tijeras, adhesivos, cintas, una laptop, y, entre tantos flecos, un peine) se los escucha hablar de pesos (no de dinero, sino del kilaje total del telón: 1200 kilos, aproximadamente), tomar medidas y ajustar plazos, cuando todavía era un hecho que Dionisíaco debía izarse en la apertura de la temporada lírica 2011. Con los meses, ésta, como otras variables, se desajustaron y redefinieron. Pero como no se trataba de un sillón más entre tantos que tienen en su haber, los artesanos, parsimoniosos, se aseguraron desde el principio con cada pregunta, con cada respuesta meditada, que fueran a llegar a tiempo con tal volumen de trabajo, que pudieran ser capaces de darle alma a la red, de hacer bailar esa trama de rombos grandes y flecos hasta el suelo. “El trapo rejilla es lo único que tiene movimiento propio”, les insistía Ascar con una sonrisa y sin solemnidades, demostrándoles con un fragmento ya tejido en sus manos el meneo que aquel hilado era capaz de hacer.

De esos cuatro telares salieron, finalmente, todas las piezas doradas que hoy componen la pasamanería telonera: 30 metros de flecos, 530 de cordones perimetrales, 254 de galones; incluso, el antigalón, así llamado de entre casa el galón principal, porque lleva el pelo suelto, una indicación que sorprendió en su encargo a los hermanos. Que se viera el hilado, la materia prima, como si fuera la textura del pincel en la pintura, ésa era la intención. Para los Manolo, casi un sacrilegio. Más de un guiño hay en él en homenaje al telón tradicional de los años 30, antecesor directo de éste.

 

LA OBRA

De Burzaco a Villa del Parque y del Colón al Centro Municipal de Exposiciones: hogar sustituto de algunas áreas del teatro durante la reforma edilicia, que aún continúa. Un verano más tarde que en el comienzo de este relato, una decena de avezados trabajadores de la sección Tapicería del Teatro estaban listos para hacer de las partes el todo, para componer el nuevo telón. Antes, tuvieron que resolver un asunto sorpresivo: corregir las costuras verticales de los paños, que habían llegado a esta instancia mal confeccionados por una Unidad de Proyectos Especiales del gobierno porteño, que intervino durante los primeros meses en el proyecto y luego se desvinculó. Así consta en la memoria descriptiva. Un trago amargo, pasajero.

Al frente del equipo de tapiceros están Julio Galván y Alfredo González, amigos y socios, el primero dedicado a los muebles de estilo y el segundo, a los divanes hasta que en 1983 ingresaron por concurso al teatro. Antes que en sus manos, vale reparar en una curiosa. ¿coincidencia? Fueron ellos quienes aquella tarde de 2009, mientras reparaban el telón rojo de Piaf, le comentaron casi como al pasar a Ascar, escenógrafa de la obra que protagonizó Elena Roger, que el Colón haría un concurso para cambiar su telón. Lo que vino después (“Hola, Guillermo, ¿qué tal?, habla Julieta”), ya lo sabemos.

González avanza con dedal, hilo y aguja en la costura del cordón perimetral que hilaron los Manolo por el contorno de las plantas liras que tejió Adesal. No pierde de vista puntada. Este mediodía trabaja sobre una mesa ancha y larga, pero días atrás lo hacía de rodillas sobre el manto lacre que, extendido, cubría todo el suelo del primer piso en el Centro de Exposiciones. “Cada telón es un mundo”, asegura. Y eso que con Julio realizó y remozó unos cuantos.

Galván se acerca desde un sector que despierta inquietud. ¿Qué son esas bolsas de allá? Entonces el jefe de tapicería, con la sabiduría y el orgullo que le da el cargo que ostenta y el saberse un alumno que superó al maestro (a sus hermanos, que le enseñaron el oficio), explica cómo se compone cada paño terminado. Tras la trevira (sintética e ignífuga) se une lo que el público no ve: la entretela, el forro, el relleno que absorbe los ruidos y da cuerpo a la cortina y, en la parte superior, la cabeza de toro. Los ocho metros de lona que constituyen esa corona oculta bajo el Manto de Arlequín llevaban 80 años guardados en los talleres del teatro. Es éste un ingrediente secreto sobre el que Galván se niega a revelar más. Días después, sobre esa loneta superior, la sección tapicería dejó su firma, marca territorial o sello de autor.

Seis plantas liras y media. De a pares. Una que mira a las butacas y otra al escenario, así, alternadamente. Alrededor de ellas, unas salpicaduras. En el concepto artístico del patrón, ese spray cromático representa al sonido. “Es un allegro”, nos instruyen. Encontrar la forma satisfactoria para plasmar esas gotas significaba entrar en la recta final de este proceso (amén de cuestiones de maquinaria y colgado, que conlleva un nuevo mecanismo). Por eso, las idas y venidas respecto de cómo hacerlo operaron en el inconsciente del equipo como una forma de demorar la partida del telón. Las gotas mutaron de pequeños retazos de jacquard deshilachado a la morfología final de botones forrados. Pero una vez pegadas las gotas, la misión estuvo cumplida. Y una capa de nylon negro lo cubrió todo.

Límite entre la realidad y la magia, ahí está, listo para ser colgado en estos días, el nuevo telón. Una pieza llena de picardías, que fue digna de contemplación fuera de la sala, pero que adentro está llamada a correrse para dejar ver más allá que sus formas, a integrarse como otro elemento más de la magnífica arquitectura del teatro, a dialogar con el Manto de Arlequín. A hacerle compañía a los celestes de Soldi, de allá arriba.

 

 

Dionisiaco. Pícaro y lleno de poesía, el manto suena como un allegro. Aquí, en una sección del paño, un par de plantas liras en versión final

Dionisiaco. Pícaro y lleno de poesía, el manto suena como un allegro. Aquí, en una sección del paño, un par de plantas liras en versión final

 

Fuente: La Nación

 

Published: 5 years ago

Ritmo preciso y humor potente

Por Carlos Pacheco

Epicrisis / Libro: Laura Coton / Intérpretes: Eva Adonaylo, Laura Cali / Escenografía y vestuario: Julieta Ascar / Iluminación: Pablo Vaiana / Maquillaje: Elena Sapino /Asistente de dirección: Juan Pablo Sedano / Dirección: Edgardo Millán / Sala: ElKafka, Lambaré 866 / Funciones: sábados, a las 23 / Duración: 55 minutos / Nuestra opinión: muy buena.

Dos mujeres, Diana y Minerva, comparten un espacio sombrío. La habitación de una clínica donde están internados el ex marido de una y el padre de la otra, dos hombres mayores con severos problemas de salud. Apenas pueden comunicarse con ellos, aunque las conversaciones entre ellas resultan muy entretenidas y hasta disparatadas.

Minerva es un ser impiadoso con su progenitor y cansada ya de sostenerlo, prefiere verlo morir antes que seguir atendiéndolo. Diana, por interés, opta por estar al lado de su ex pareja, aunque su necesidad real es encontrar otro hombre y llevar una vida más relajada.

La pieza de Laura Coton posee una estructura creativa, diálogos ingeniosos y unos personajes muy bien diseñados. Un contrapunto interesante entre dos criaturas muy diferentes, pero que, finalmente, parecerían complementarse. Unas conductas absurdas que se fortalecen mientras la acción avanza, sobre todo porque el equipo creativo encontró un camino ideal para dar forma a esta representación.

La dirección de Edgardo Millán es muy ajustada. Se apoya en las capacidades actorales de sus intérpretes y extrae de cada una recursos muy potentes. El ritmo es muy preciso y, en más de una oportunidad, la sorpresa se apodera de la atención del espectador permitiéndole ingresar a un campo donde el humor se impone con fuerza.

Diana (Eva Adonaylo) tiene el exacto perfil de una mujer mayor, un tanto perdida por causa de sus desventuras. Aislada de la realidad, prefiere jugar a ser juvenil, ingenua. Minerva (Laura Cali) no puede enfrentar su propia realidad. Es tan terrenal que se asfixia. Su expresividad se torna violenta y no puede contenerla.

Las intérpretes dan vida a este mundo con una naturalidad asombrosa. En sus actuaciones hay mucha verdad. Adhieren a ese juego con una gran libertad y construyen un drama muy vital.

La escenógrafa y vestuarista Julieta Ascar sintetiza con pocos trazos ese ámbito hospitalario con una belleza singular. Dentro de ese marco, el patetismo de esas mujeres se agudiza y hasta parecen figuras extraídas de un cómic.

 

Fuente: La Nación

Published: 5 years ago

Epicrisis, mujeres al borde de…

La obra de Laura Coton dirigida por Edgardo Millán, apela al absurdo y al kitsch con fascinantes labores actorales de Eva Aldonaylo y María Laura Cali.Screen Shot 2015-02-26 at 10.01.26 AM
Por Teresa Gatto

“no nos desembarazamos de los muertos,
jamás terminamos con ellos.
Y sin embargo, es ese interrogante
sobre la suerte de los muertos
lo que quiero exorcizar,
y cuyo duelo quiero hacer para mí mismo”
Vivo hasta la muerte-
Paul Ricoeur

 

Epicrisis del griego επi= posterior y κρiσις = apreciación, juicio. Con este título sugestivo que la ciencia también usa para hablar de historias clínicas computarizas, Minerva y Diana pasan las horas en un hospital cuidando a su padre y ex marido respectivamente.

La crisis posterior, no es la muerte, la posible muerte de los dos hombres que no albergan mucha esperanza. La crisis posterior es la que se representa en escena en esa cárcel que supone el hospital cuando los trances emocionales de ambas mujeres se hacen evidentes en una suerte de absurdo, en el que interviene lo kitsch y una hilaridad que emana del excelente texto que Laura Cotón ha escrito con rasgos que entre otras  cosas sobrevuelan la cuestión de género.

¿Por qué cuidar a un ex marido? ¿Por qué cuidar a un padre nazi? ¿Por qué cuidar? ¿Las mujeres desarrollamos más sentido de culpa? ¿Seguimos con sujeciones atávicas del patriarcado más feroz? No lo sé. Sé, que esa sala de espera en la que Diana impertérrita se puede laquear las uñas y Minerva levantar el tono de voz más de lo permitido, supone un encuentro y una excusa excelente para mostrar un universo borderline.

Porque finalmente muertos o enfermos valen más que vivos, valen la libertad, pero vivos, inermes, casi terminales son la justificación perfecta para desandar con un absurdo impecable muchos de los lugares comunes y extraños del ser humano, del ser femenino.

Incluso para mostrar esa vitalidad que se yergue gloriosa frente a un moribundo y que nos hace pensar “menos mal que no soy yo”. Y entonces, hay un extrañamiento y una distancia que nos hace tomar partido por una o la otra o por ambas. Pero que libra a su suerte a los enfermos que no provocan la menor empatía porque son metáfora pura.

Mujeres de deseo, de carácter, de inquietud. Mujeres al borde de un ataque de nervios que pueden hablar de lo más trivial o de lo más profundo hasta que esos monitores dejen de marcar el ritmo cardíaco de quienes las demoran y a la vez les dan la razón de ser allí mismo.

El diseño escenográfico  de Julieta Ascar es un logro más de la puesta que en un rombo contiene ambas camas de los agonizantes y una sala de espera, es casi un ring en que ellos pelean inútilmente por sus vidas y ellas también. Porque lo que se dice, tiene una lógica, la del absurdo. Pero alcanza niveles de comunicación por la impronta que ambos personajes logran desarrollar con enrome organicidad. Entonces Diana en la piel de una magnífica Eva Aldonaylo y Minerva con una impronta fantástica a la que le pone el cuerpo María Laura Cali, también usan ese ring, pero con una dialéctica que jamás alcanza una síntesis. Así somos las mujeres en crisis. Rizomáticas, desbordadas y verborrágicas. El vestuario, también de Ascar, colabora en el diseño de esas personalidades tan marcadas e hilarantes.

Una puesta que Edgardo Millán dirige con enorme acierto haciéndole honores al texto de Laura Coton y haciendo brillar a las actrices.
Ficha Artístico/Técnica

Autor: Laura Coton
Dirección: Edgardo  Millan
Elenco: Eva Adonaylo – María Laura Cali
Escenografía y vestuario: Julieta Ascar
Iluminación: Pablo Vaiana
Diseño Maquillaje: Elena Sapino
Asesoramiento sonoro: Pablo Abal
Asistente de dirección: Juan Pablo Sedano
Producción ejecutiva: Diego Feldman

 

Fuente: Puesta en Escena

Published: 6 years ago

CHANTECLER, L’ÂGE D’OR DU TANGO ARGENTIN

by Delphine Goater

Dance, Stage
Theatre du Chatelet. 10 / X / 13. Chantecler Tango. Design and management choreographic Mora Godoy. Booklet: Mora Godoy and Stephen Rayne. Original music and arrangements: Gerardo Gardelin. Directed by: Stephen Rayne. Sets: Julieta Ascar. Costumes: Cecilia Monti. Lights: Cristian Tateossian. Choreography Team: Mora Godoy, Horacio Godoy, Ignacio Gonzalez Cano, Manuco Firmani, Graciela Calo, Gustavo Wons. With Mora Godoy, Horacio Godoy, Marcos Ayala, “Black” Rodriguez Mendez, Ariel Perez, Graciela Calo, Marcela Vespasiano, Silvia Fuentes, Natalia Patyn Martin Almiron, Giovanna Di Vicenzo and dancers of the troupe. Orchestra: Juan Miguens, management and bass, Lucas Furno, violin, Juan Pablo Gallardo, piano and Leonel Gasso, bandoneon.

Five yeaPhoto-Chantecler-1-2rs after Tanguera, the Théâtre du Châtelet welcomes new tango ballet dancer and choreographer Mora Godoy, created in 2012 in Buenos Aires. He resurrects the famous Chantecler cabaret, who knew its golden age in the 30s and 40s, before being closed in the 50s.

The opportunity for the choreographer and director Stephen Rayne to set the stage many back and forth between past and present, while the Chantecler building, now closed, has been sold. Flashbacks, artfully brought, restore delicious scenes rehearsal or intimate moments, but also more dramatic. The second act, in particular, takes us into the smoky atmosphere of Buenos Aires underworld prewar, gambling dens to hotel rooms. These evocations are supported by historical tangos sung by “Black” Rodriguez Mendez accompanied by four musicians.

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The director does not forget the present, allowing it to modernize both the music (Gerardo Gardelin arrangements) and choreography in a bold dusting. The Argentine company, a very high technical level indeed shows in this show a dazzling array of all tango styles: retro, dramatic, dreamy, jazzy, to the most contemporary tango. The dancers are remarkable, beginning with the hostess, Mora Godoy, who plays the role of lead dancer and his brother, the stunning and subtle Horacio Godoy, in the role of the Cuban prince. The other soloists camp of colorful characters, supported by a narrative and effective drama. For its part, the company, which shines in very eclectic sets, won the support of an entire audience delighted aficionados of tango. Result: two hours removed and entertaining show, with no false note …

Photo Credit: © Marie-Noëlle Robert for the Théâtre du Châtelet

 

Fuente: ResMusica

Published: 6 years ago

Mentiras para lograr sobrevivir

Por Natalia Laube

Ficha técnica: El Placard / Texto: Francis Veber/ Versión: Fernando Masllorens y Federico González del Pino/ Intérpretes:Diego Peretti, Alejandro Awada, Osvaldo Santoro, Valeria Lorca, Hernán Muñoa, Agustina Cerviño, Matías Straffe, Marcia Becher, Pablo Finamore/ Música: Diego Vila/ Escenografía y vestuario: Julieta Ascar/ Iluminación: Horacio Efrom/ Director asistente: Franco Battista/Producción ejecutiva: Sergio Albertoni/Dirección: Lía Jelín/ Duración: 90 minutos/ Sala:Teatro Lola Membrives, Corrientes 1280.
Nuestra opinión: buena

Screen Shot 2015-02-26 at 12.39.09 PMHasta dónde es capaz de llegar un hombre para no perder su trabajo? Esta es una de las tantas preguntas que dispara El placard , el film francés de Francis Veber devenido, ahora, en pieza teatral. Pinón, gris contador de una fábrica de caucho (Diego Peretti) se entera de que va a ser despedido por decisión del jefe de personal (Alejandro Awada). Cuando, afectado por la noticia, está a punto de tirarse por el balcón de su edificio, su vecino (Osvaldo Santoro) lo detiene, lo convence de no matarse y le propone un tratamiento de shock para evitar la pérdida de su empleo: hacer circular por la empresa una foto de corte erótico en la que se lo vea junto a otro hombre. En definitiva, fingir un involuntario destape gay. Para el vecino no se trata solamente de una ingenua aventura que le asegurará diversión por unos cuantos días: en el experimento social se juega también una suerte de redención personal. Su razonamiento de psicólogo laboral busca sacarle provecho a la forzada corrección política que flota en el aire de las grandes empresas: el presidente tratará de evitar a toda costa un incidente que pueda entenderse como gesto homofóbico o, lo que es peor, de corte timorato. Nada más execrable para la imagen de una empresa que, entre otras cosas, se sostiene a partir de la venta de preservativos.

Piñón duda pero acata, finalmente, el consejo. Y algo en su vida cambia a partir de entonces: después de la vergüenza inicial, el empleado invisible pasa a ser un tipo al que le pasan cosas, y en el camino que lo lleva a apropiarse de su vida descubre el placer de ser amado y odiado, de volver a existir para los demás.

En una transposición decidida a mantener la fidelidad en la narración respecto de la versión filmada, la monumental escenografía de tres pisos -y la disposición de los actores en ella- resultan funcionales para contar la historia sin renunciar a las locaciones que proponía la película: los personajes se mueven por los distintos ambientes recreados en la puesta (las oficinas, el despacho del presidente, el departamento de Piñón o el balcón de su vecino) y la historia se construye, así, con la cadencia de un montaje cinematográfico clásico.

Lo que esta obra -magníficamente sostenida desde la actuación por Peretti, Awada y Santoro- invita a averiguar es por qué el humor sobre la cuestión gay sigue siendo reductible al aspecto de la genitalidad en tantos y tan repetidos casos. Los chistes cimentados en el doble sentido fastidian menos por chabacanos que por repetitivos y restan fuerza a la comedia de enredos que, por sí misma y sin necesidad de acudir a albures, entretiene y hace reír.

Si la puesta de Lía Jelín acierta al trabajar la idea-guía de que “nada es lo que parece” -en El Placard la verdad termina por asomar a raíz de una mentira; ese, y no el destape homosexual, es el verdadero tema de la pieza – las bromas ramplonas la desvían de ese camino alegórico que en otras tantas escenas se construye con mucho ritmo y con mucha gracia.

 

 

Fuente: La Nación

Published: 6 years ago

Buenas noches, muchas gracias

Por Susana Freire

Texto: Jim Geoghan, con traducción y adaptación de Fabián Strata y Pablo Novak / Dirección: Lia Jelin / Elenco: Pablo Brichta, Campi, Daniel Campomenosi, Gabo Correa y Tomas Fonzi / Diseño de escenografía y vestuario: Julieta Ascar / Diseño de iluminación:Omar Possemato / Duración: 90 minutos / Sala:Maipo. Nuestra opinión: buena

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Esta propuesta es todo un homenaje a los profesionales del humor que por talento, carisma y presencia escénica se convirtieron en grandes capocómicos. No sólo a los que han conquistado para siempre la popularidad televisada, sino también a aquellos que lentamente fueron opacados por el olvido.

Son muchos los nombres que pertenecen al imaginario porteño e integran la galería de humoristas queridos y respetados que han hecho de los monólogos un arte en sí mismo: Dringue Farías, Juan Verdaguer, Pepe Arias, Pepe Biondi, José Marrone, Niní Marshall, Olinda Bozán, Tato Bores, Alberto Olmedo, Jorge Luz, Rafael Carret, Jorge Porcel y Javier Portales, entre tanto otros.

La obra presenta dos tipos de cómicos para mostrarlos más allá del escenario y despojados de las exigencias profesionales que parecen idealizarlos. Desnudos en sus debilidades y ambiciones desmedidas, en realidad son el paradigma de los sobrevivientes de una actividad que a veces tiene la crueldad de devorárselos en el más absoluto silencio y abandono.

Un monologuista, Cartucho, ha conocido tiempos mejores de prosperidad y reconocimiento. En la actualidad, vive olvidado en una pensión, con la fantasía de poder participar en el programa de televisión de Tito, de gran audiencia y alto rating. Le cuesta aceptar que su rutina ya está pasada de moda y sus chistes carecen de originalidad. Por su parte, Jerry y Tom son un dúo de cómicos que presenta un espectáculo en un café concert con relativo éxito, pero también sueñan con la popularidad que promete la televisión, pero la intervención de un representante oportunista logra separar a los cómicos.

Finalmente, los tres actores se encuentran en el famoso programa y cada uno muestra su verdadera faceta humana, con mezquindades y avidez, por un lado, y con la ingenuidad y la inocencia de los espíritus sencillos, por el otro.

El planteo es simple y encuentra un acertado desarrollo en la primera parte de la obra, la que corresponde a Cartucho, con un tiempo preciso y un ritmo bien ajustado. Cuando llega la segunda parte, la del dúo, se empieza a registrar cierta morosidad en la acción dramática y el tiempo se va ralentando hasta que, en la tercera parte, el ritmo vuelve a ajustarse.

Pero, más allá de este reparo, el fuerte de la propuesta está en la actuación, con un nivel bastante parejo, donde sobresale el trabajo que realiza Pablo Brichta, como Cartucho, al crear un personaje reconocible en su decadencia y conmovedor por su carga de ternura. Lía Jelín acierta con una puesta que demanda una dinámica aceitada y lo logra con el respaldo de la escenografía, que transforma los diferentes ámbitos y confiere a cada espacio la atmósfera que requiere.

 

Fuente: La Nación

Published: 6 years ago

“El Placard”, una comedia para reir, reflexionar y recomendar

Con la homosexualidad, los homosexuales y los homofóbicos como macrotema se desarrolla esta pieza que en el cine llevaron a cabo Daniel Auteuil y Gérard Depardieu.

Diego Peretti, Alejandro Awada y Osvaldo Santoro, con dirección de Lía Jelín, están a la altura de la legendaria versión de pantalla grande.

Con actuaciones descollantes se presentó para la prensa la versión teatral argentina de “El Placard” en la que Diego Peretti, Alejandro Awada y Osvaldo Santoro, demuestran que están a la altura de míticos actores como Daniel Auteuil y Gérard Depardieu. Con una excelente puesta en escena y la calificada dirección de Lía Jelín, la pieza se estrena para el público el 14 de agosto y seguramente estará en cartel por largo tiempo.Jelín tiene “Toc-Toc” desde hace tres años a sala llena y “El Placard” tranquilamente puede seguir sus pasos. Porque tiene grandes interpretaciones, porque tiene una escenografía de avanzada, porque el texto es tan catárquico como la historia de los terapeutas y porque seguramente el llamado “boca a boca” del teatro la va a acompañar.

Se destaca el histrionismo de Diego Peretti como figura central, la multifacética participación de Alejandro Awada y la picaresca presencia de Osvaldo Santoro además de un sólido elenco en el que sobresale Agustina Cerviño.

La comedia se inicia con la deprimente vida de Francisco Piñón, un ignoto empleado de una fábrica de preservativos de la que quieren despedirlo por falta de productividad y el desprecio de su jefe. El extraño consejo de un vecino hace que su vida y la de quienes lo rodean cambie para siempre. Con el trasfondo de la discriminación con tintes humorísticos, la pieza tiene un desenlace sorprendente.

“El placard” de Francis Veber, con dirección de Lía Jelín en una versión donde los personajes tienen rasgos reconocibles y locales puede en el teatro Lola Membrives, Corrientes 1280, de miércoles a viernes a las 21, sábados a las 20 y 22.30 y domingos, a las 20.

Fuente: Diario26
Published: 6 years ago

Jelín estrena la versión teatral de “El Placard”

El film “El placard”, protagonizada por Daniel Auteuil y Gérard Depardieu, que narra las tensiones entre ser y aparentar en tono de comedia, tiene su versión en el teatro local, dirigida por Lía Jelín, y sube a escena el miércoles en el Lola Membrives. Coreógrafa, actriz, directora y amante de la danza, una arte que dotó a Jelín de una plasticidad que la envuelve, considera que esta pieza “no existe como obra de teatro. Es una peli, por eso exigía otro tratamiento.

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Con un estilo de comedia física, “El Placard” tiene como elenco de lujo a Diego Peretti, Alejandro Awada y Osvaldo Santoro. Una puesta donde la escenografía de Julieta Ascar –responsable del telón del Teatro Colón- tiene el poder de decisión de un personaje.

Jelín lo describe: “Es un diseño escenográfico de altura, donde todos los espacios están representados y allí se viven las diversas escenas. Los que se mueven de un ambiente a otro son los actores, como en una suerte de coreografía que no se ve. El que más corre es Peretti”.

La historia cuenta -resume la directora- “cómo uno de los personajes principales sale del closet y acepta su diversidad sexual mientras otro se transforma espiritualmente y sale de su encierro caracteropatológico. Dos criaturas se modifican en un plazo de 10 días. La trama transcurre en ese lapso”.-

Dónde

Lola Membrives
Corrientes 1280, C.A.B.A
De miércoles a viernes a las 21
Sábados a las 20 y 22.30
Domingos a las 20

 

Fuente: Argentina.ar

Published: 6 years ago

Nuevo escenario para la tradicional Feria de Mataderos

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Con un recital de Jairo desde las 19 quedará inaugurado hoy el nuevo escenario de La Feria de Mataderos. El nuevo espacio apunta a una dualidad conceptual, ya que se convierte en escenario cuando se realiza un show, y en una entronización del Resero cuando no se usa para espectáculos.

“Busqué amplificar la monumentalidad del Resero, ícono de Mataderos y de esa recova. La morfología que elegí para su tipología se desprende de los quinchos de Molina Campos para darle a la obra una fisonomía propia y con identidad en la tipología gauchesca”, explicó Julieta Ascar, a cargo de la obra.

El nuevo escenario de la Feria mide 25 metros de frente, 9 metros de altura y tiene una profundidad de 6 metros.

El ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, expresó: “Impulsamos la construcción de este nuevo escenario por la importancia que para nosotros tiene la Feria de Mataderos, un lugar de unión entre la ciudad y el campo, que es visitado cada domingo por porteños, gente que viene desde todo el país y extranjeros”.

 

Fuente: Clarín

Published: 7 years ago

Particular y emotivo homenaje a John Cage en el foyer del Colón

El musicólogo James Pritchett, que estuvo en estos días en Buenos Aires, observó en uno de sus libros que, en el caso de John Cage, la crítica debía, según el propio compositor, ser una especie de “presentación”, una instancia que le permitiera al público abordar la música. Posiblemente la frase se refería al esclarecimiento de los procedimientos cageanos, y resulta particularmente apta para el “Homenaje a John Cage” en el centenario de su nacimiento, que inauguró además el ciclo Colón Contemporáneo.

El homenaje cubrió todas las épocas de la producción de Cage, desde fines de la década de 1930 hasta principios de la de 1990, pero lo asombroso fue que, sin desdeñar la relevancia del despliegue histórico de todos los procedimientos episódicos que hacen una poética, el concierto, de más de cuatro horas, resultó singularmente emotivo, en parte por la extrema sensibilidad de las interpretaciones, y en parte también por el inteligente diseño espacial de Julieta Ascar, que convirtió el foyer del Teatro Colón en un gigantesco escenario móvil. Ya al principio, la voz de Cage, multiplicada por varios parlantes, precedió una magistral lectura de la pianista Aki Takahashi de las Sonatas e interludios para piano preparado . Tanto en la preparación del piano (que, como sabe, consiste en introducir diversos objetos entre las cuerdas para modificar el timbre y aun las alturas) como en su interpretación, Takahashi logró una versión tibia, sin ninguna frialdad metálica, rítmicamente apasionante y estremecedoramente íntima, que, de manera muy cageana, se recortaba sobre los ruidos apagados que llegaban de la calle.

La pianista acompañó luego, escalinatas arriba, a la cantante Joan La Barbara, otra estrecha colaboradora de Cage, que entregó también una versión inspiradísima de Aria , pieza indeterminada que sonó esta vez con la contundencia de lo definitivo. Juntas hicieron fragmentos de Song Books , que incluyeron también una delicadísima versión de la canción “Je te veux”, de Erik Satie; después de todo, el compositor había dicho que, en Song Books , conectaron “a Satie con Thoreau”. Entre canción y canción (se escuchó asimismo “The Wonderful Widow of Eighteen Springs”, para voz y piano cerrado), el violinista David Núñez tocó, con intensa resolución, varios de los también indeterminados Freeman Etudes . No menos lograda resultó la versión que, con dirección de Santiago Santero, el Ensamble Perceum entregó de First Construction (In Metal) , la pieza más temprana de las programadas.

De 1992, el mismo año de la muerte del compositor, Fifty-Eight , pieza de título numérico que alude a los cincuenta y ocho instrumentistas de viento que intervienen en su realización, quedó reservada para el final. Fueron cuarenta y cinco minutos de inusitada concentración. Pocas veces el público acompañó una pieza con semejante silencio reverencial: algunos sencillamente escuchaban acostados con los ojos cerrados, y otros caminaban de la planta baja al nivel superior, donde también estaban distribuidos los intérpretes. Fifty-Eight , que transcurrió mientras caía la tarde, sonó como un maravilloso réquiem in memóriam, pero un réquiem á la Cage : lúcido y sin nostalgia.

 

Fuente: La Nación